CON UNA TROMPETA EN LOS BRAZOS Por Lancelot Lhin

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    Sacó los pantalones con lentitud, casi con problemas y los tiró sobre la silla que daba a la ventana del departamento, donde las cortinas estaban corridas y podía contemplar los autos que pasaban por la Alameda. Se levantó bamboleándose levemente y llego hasta la cocina donde estaba una botella de vino que había abierto anteriormente. Se agachó, se paró abriendo puertecitas en busca de un vaso o de una copa. Encontró una sucia en el lavaplatos. Ni siquiera la puso debajo del agua. Se sirvió llenándola, agarró la botella y se sentó en la misma silla donde había tirado los pantalones, contemplando la avenida de Santiago, con sus enormes y nuevos edificios, que comparaba como aquellas joyas que compraban los  nuevos ricos, aquellos que nunca  habían tenido nada y deseaban mostrar todo de una vez,  de forma grosera y de mal gusto.

 Tomó mirando los libros con biografías de Ray Charles, Quincy Jones, Miles Davis, Chet Baker, todos desparramados en el suelo, otros hechos una corta torre apoyados en la pared. Todos sobre música y biografía de músicos. También se encontraban cuadernos de pentagramas con notas desparramadas como hormigas de grafito. No eran menores los envases vacíos de vino y otros más chicos de cerveza. Chet Baker sonaba desde los parlantes de su equipo de música con el disco Chet Baker Sing, nadie como él para manejar el Cool, bebop, el West Coast Jazz, además de ser considerado el James Dean del jazz por su apariencia. Los críticos, pensó, siempre tratando de amarrar todo, incluso el jazz. Al dar otro trago, vio la pared con sus discos de vinilo y compactos. Sonrió, una gran cantidad de conocimiento, una gran cantidad de anécdotas musicales, una gran cantidad de dolor y belleza capturada, compactada. Se quedó un rato observando la trompeta   al lado de su cama, en su estuche, descansando.

   Resonaron los aplausos que había recibido  unas horas antes en el Teatro de la Universidad de Chile, en su retorno, junto al disco El alma del crepúsculo, disco lleno de premios, alabanza. Rodeó la copa con sus dedos,  dio un trago largo y volvió a llenarla. Miró la pared donde estaba el afiche promocionando el recital. Se miró la mano izquierda, trató de vislumbrar entre la oscuridad las líneas. Sería verdad que el destino del hombre estaba escrito en esas miserables y delgadas líneas, como una estampilla de fabrica… el teléfono celular tirado en el suelo brillaba y parpadeaba con insistencia, se apagaba y volvía a parpadear, estaba en silencio.

De pronto miró hacia la puerta y la vio. Con su abrigo negro, pelo largo, botas rojas y el humo del cigarrillo que la envolvía, haciendo que su sonrisa fuera difusa, fantasmagórica.

  • La señorita calamidad, la musa – Dijo.
  • ¿ Cómo estás ?- Respondió ella.
  • Aquí, dándole otra vez, tratando de relajarse, tu sabes, los aplausos, la fama y esas mierdas son como una enfermedad y hay que descansar de ellas para que no envenenen.
  • No pareces muy bien… se te ve cansado.
  • ¿ Un trago?
  • No, gracias.
  • Apuesto que estas cuidando tu figura, jak, eres vanidosa, jamás lo pensé, he creído que los  vanidosos son unos inseguros de la puta madre, necesitan siempre estar frente al espejo para ocultar las grietas. De ti, tan segura, no lo hubiera imaginado.
  •  No es eso, no me gusta tu vino, es amargo. No todo siempre tiene que ser rasgado, doloroso. Menos ahora que tienes fama.

 Él dejo la botella en el suelo y se acercó hasta una mesita de centro donde había una cajetilla y un cenicero lleno. Sacó un  cigarro. Miró hacia los lados buscando un encendedor que le ofreció la mujer. Lo encendió. Fumó profundo y volvió a la silla frente al ventanal. Ella se acercó hasta el estuche de la trompeta. Lo abrió y comenzó a pasar sus dedos largos, blancos y delgados, que tenían las uñas pintadas de negro, sobre la trompeta que pareció resplandecer unos segundos.

  • Parece que es verdad lo que dicen los críticos…
  • Qué dicen.
  • Que tu trompeta se calienta al rojo, parece un volcán del cual se desprenden en vez de notas,  cometas fosforescentes, una erupción de lava.
  • Que poético, sobre todo para un crítico.
  • Aún esta tibia.
  • Lo que pasa es que tu eres muy fría.
  • ¿ Es un insulto?
  • No es nada nuevo para ti, supongo, si vives  con insultos, sin ofender.
  • No creas, hay algunos a los cuales les simpatizo, me mandan poemas, composiciones.
  • Los poetas son gente extraña.
  • Los artistas son extraños. Pero me gustan, son con quien mejor me llevo. A veces son insoportables, pero en fin.

Ella abrió su abrigo para sentarse sobre la cama desordenada. Fumó observándolo, luego descubrió una foto colgada de la pared donde estaba abrazado a una mujer.

  •  ¿ Aún la extrañas?
  • Creo que sí.
  • Te gusta martirizarte.
  • Aquí le llaman amor.- Dijo él dando un sorbo a la copa  y mirando el ventanal.
  • No vengas con esas patrañas, jak, si lo único que hicieron fue traicionarse, hacerse daño, mentirse, no me digas que a eso le llamas amor. Que mentira, que farsa.

Él volvió a tomar, pensando. Sintiendo el miedo que le provocaba esa mujer, como cambiar de dirección para escabullirse de sus visitas intempestivas.

  • Todavía me tienes miedo- Le dijo levantándose y apagando el cigarro en el cenicero.
  • Cuando hay vino no tanto.
  • Pero no siempre puedes estar borracho… o drogado como dicen por ahí. ¿ Qué harás cuando se termine el vino?
  • Tengo la música.
  • Veo que te molestas, te da rabia…
  • Tú me das rabia y me molestas, llegas sin avisar, sin que nadie te invite. Sabes, pienso que no eres necesaria, nunca has sido necesaria.
  • Eso lo dices tú.
  •  Si salimos a la calle y preguntamos al azar, ten por seguro que todos coincidirán en lo innecesaria de tus visitas.
  • Son bastantes los que me buscan con desesperación. Para muchos soy una grata invitada. Deberías estar orgulloso de tenerme aquí.
  • No te des tantas influas, seguirás siendo una solterona amargada que disfruta de las entradas melodramáticas, como un fantasma de mierda moviendo cositas en casas abandonadas.
  • jaja… mírate, ahí sentado, casi desnudo, fumando, tomando, pensando en una mujer que te dejó hace seis años.
  • No son seis. Son cinco con diez meses y dos semanas.

Ella se levantó lentamente, sacó su abrigo que dejó en el suelo y se tiró en la cama. Acercó la cabeza hasta la almohada donde empezó a  tratar de sentir el  poco olor de él atrapado ahí, las briznas de algún sueño.

  • Te ves patética, esa pose no te va- Dijo él.
  • Por favor, por qué tanta violencia, trátame con un poco de cariño… yo te considero, hemos tenido tantas conversaciones. Hoy tocaste excelente, nadie se dio cuenta de tu borrachera. Felicitaciones.
  • ¿ fuiste?
  • Quise escucharte. ¿ Nunca mas supiste de clara?- pregunto ella con una leve sonrisa.
  • A veces voy a mirarla, desde lejos, tiene una tienda de ropa, por aquí cerca, en Bellavista. Pero no.
  • Me acuerdo de una canción, noches de luna… era para ella, lo noté de inmediato.

   El último sorbo de vino  mancho su pecho, haciéndole una flor. Miró la botella y notó que estaba vacía. Apagó el cigarro y dejó el envase a un lado. Cruzó el departamento hasta la cocina. Sacó otra y regresó a la silla. Agarrando el sacacorchos, empezó a mirar las piernas de ella que estaban envueltas en pantys caladas. Sacó el corcho justo en el momento que se acababa el disco.

  • Eres sexy.- Dijo él.
  • Me gusta sentirme atractiva.¿ Cuantas llevas?
  • No sé , perdí la cuenta.
  • ¿Quieres que ponga otro disco?
  • Es todo tuyo.

Ella se levantó y fue hasta donde estaban los discos. Miró un poco, paso su mano por algunos hasta que encontró el disco anterior, compuesto para Clara. Se lo mostró moviéndolo con la mano. Fue y lo puso. Lo miró y le extendió los brazos.

  • Ven a bailar.
  • No tengo ganas.
  • Vamos, para que me vayas perdiendo el miedo.

Le quitó la botella y lo levantó de la silla. Le puso los brazos alrededor del cuello, reposando su delgada cara en el pecho que tenía una mancha de vino. Él agachó la cabeza en el hombro de ella. Cerró los ojos, bailaron. Pensó en el tema, lo había hecho el día  en que  Clara se había ido, en la noche.

El abrió los ojos en una vuelta para mirar la pieza, pareció ver a Clara sonriendo, probándose un sombrero, haciendo poses desnuda, a los pies de la cama, seria, llorando y él saliendo con un portazo.

  • Es triste- Le dijo ella acariciándole la cabeza.
  • Un trompetista debe ser triste.

Las imágenes de Clara se desvanecieron, se vio tocando, las luces, el sudor, la ida y  venida, era un pasajero entre la irrealidad y el teatro, un viajero del tiempo hipnotizado por las notas, que eran mutadas entre aire y trompeta… poco a poco se tranquilizó.  Las caricias de esa mujer le hicieron bien. ¿ Y si la invitaba a salir?,¿ y si intentaba seducirla?, hacerla algo más que una extraña de visitas sorpresivas, una fanática, quizás demente, en busca de su ídolo, que su música lograra cercarla y que no volviera, sería su último triunfo.

  • ¿ Me aceptarías si te pido que nos casemos?
  •  ¿ Ser tu esposa?…. no puedo, quizás tu amante. ¿ Y esa pregunta?
  •  Empiezo a entender tus visitas. Me estoy dando cuenta que prefiero bailar contigo que insultarte.- Dijo él en el momento que se soltaba y caía al piso.
  • Tengo que irme – Dijo ella.
  • Te vas… no puedes dejarme… se supone que ya tenemos una relación. Por último llévame a la cama.
  • No puedo. Tengo que hacer muchas cosas en la noche.
  • Me dejas cuando empezaba a encariñarme.
  • No te hagas problemas… ven conmigo.
  • Quiero ir pero tengo que vestirme.
  • Te presto mi abrigo.

Lo levantó del suelo. Él sintió que estaba fría. Le puso el abrigo y fueron en dirección a la puerta.

  • Queda la botella llena – Dijo él.
  • No importa – contestó ella.

Salieron abrazados. En la puerta, él volteó a mirar.  Vio a un hombre desnudo sentado en la silla, con los ojos cerrados y una trompeta en los brazos.

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